Un recorrido por los orígenes, la ingeniería, el paisaje y las historias que marcaron al oeste. La necesidad de acceder a una vivienda ha sido, históricamente, uno de los motores del crecimiento en la región metropolitana. En ese contexto, hacia la década de 1950 comenzaron a desarrollarse fraccionamientos en zonas limítrofes, dando origen a nuevos núcleos poblados. Uno de ellos fue Delta del Tigre, en el departamento de San José, en el límite con Montevideo, dentro de la zona conocida como Rincón de la Bolsa. Con el crecimiento de Montevideo y el aumento de su población, la ciudad comenzó a extenderse más allá de sus límites, impactando en departamentos vecinos como San José y Canelones. Así surgieron centros poblados como Pando, Las Piedras, La Paz y Ciudad del Plata.
Cruzar el límite departamental implicaba cambios en los costos, en la forma de vida y en la administración del Estado. En ese escenario, el Delta del Tigre comenzó a consolidarse como opción para quienes buscaban un lugar donde vivir.
Ubicado entre la Ruta 1 y el río Santa Lucía, el fraccionamiento se asentaba sobre una antigua formación sedimentaria: una extensa planicie de bañados, cubierta por vegetación baja y con predominio del agua.

Ingeniería para hacer habitable el bañado

Para transformar ese territorio en un área habitable, se llevó adelante un importante trabajo de ingeniería civil. Se realizaron movimientos de tierra y se construyeron dos canales principales —de aproximadamente 10 metros de ancho— que rodeaban el fraccionamiento y desembocaban en el río Santa Lucía.
Incluso, en el canal norte se generó un tramo más amplio, de unos 20 metros de ancho y 500 metros de extensión.
El diseño urbano incluía calles con afirmado de balasto, cunetas y manzanas claramente delimitadas, organizadas en torno a tres avenidas que formaban un triángulo. En uno de sus vértices se ubicaba la oficina de informes del loteo, edificio que aún se conserva.
Ese punto elevado permitía que el agua de lluvia escurriera naturalmente hacia los canales. Los terrenos estaban señalizados con mojones y existía un plano detallado del fraccionamiento.
Además, toda la zona fue forestada con especies como eucaliptos y acacias.

Servicios, promoción y vida cotidiana

La empresa promotora no solo vendía terrenos —en cuotas mensuales y a largo plazo— sino que también brindaba servicios. Instaló una red de agua corriente gratuita mediante cañerías de fibrocemento de 4 pulgadas, con canillas en distintas esquinas.
El agua provenía de un tanque elevado, alimentado por una bomba que extraía agua del subsuelo. Más adelante, el servicio pasaría a ser gestionado por OSE.
La promoción del fraccionamiento también tenía características particulares. Se organizaban recorridas en microbuses por distintos barrios de Montevideo, y por las noches, se proyectaban películas al aire libre en terrenos baldíos —en zonas como La Teja— donde se proyectaban imágenes del Delta, sus canales y el río Santa Lucía. Era la década de 1955 y aún no existía la televisión.
El acceso no era directo. El transporte público circulaba por la vieja Ruta 1, por lo que era necesario caminar varias cuadras para ingresar al fraccionamiento.
Para resolver ésto, la empresa disponía de dos o tres microbuses amarillos que realizaban un servicio gratuito entre Santiago Vázquez y el Delta, recorriendo sus avenidas principales.
Los pasajeros se concentraban en la zona de La Barra, donde paraba el ómnibus 127, cerca de la Prefectura.

Las lanchas, la playa, la pesca y la vida junto al río

El entorno natural era uno de los grandes atractivos. Los canales, conectados al río Santa Lucía, ofrecían abundante pesca, con especies como lisas, pejerreyes y bagres.
Hacia el este del fraccionamiento se abría un camino entre pajonales que conducía al río, donde la empresa construyó una playa artificial de arena fina y blanca, en un lugar donde antes predominaban los juncos.
Se instalaron baños públicos, carpas para el verano y una terraza elevada que funcionaba como punto de observación.
En ese escenario se desarrollaban carreras de lanchas en un circuito cercano a las islas del río. Estas embarcaciones, hoy en desuso, tenían características muy particulares.
Eran construidas en madera compensada, con un diseño liviano y veloz. Contaban con un gran motor fuera de borda, visible a distancia. El piloto se sentaba directamente en el piso de la lancha, protegido apenas por un pequeño parabrisas frontal.
La proa era redonda y ancha, y el casco presentaba un aspecto plano, lo que les permitía alcanzar gran velocidad, pero también las volvía inestables.
No era raro que se volcaran debido a la velocidad que desarrollaban. En algunos casos, las embarcaciones se hundían y no lograban recuperarse, en un río de fondo irregular, donde pueden encontrarse profundidades de hasta cinco metros junto a bancos de arena.
El nombre Delta del Tigre remite al delta del río Paraná, en Argentina. En esta zona, la referencia se vincula con la Isla del Tigre, ubicada en la desembocadura del río Santa Lucía en el Río de la Plata.
Allí el río se divide en dos brazos, formando un pequeño delta: uno hacia Montevideo, próximo a Punta Espinillo, y otro hacia San José, donde antiguamente se ubicaba un Autódromo Nacional.

Enrique Gudynas